Sierra Tarahumara
Mi viaje a la Sierra Tarahumara, Chihuahua
Katerina Mandrygina
Sehuérachi, Norogachi. Chihuahua No es un lugar turístico. No aparece en las listas de “imperdibles”, ni en los itinerarios de moda. La comunidad de Anai, mi amiga rarámuri que me estaba acompañando durante estos días por la Sierra Tarahumara, es un punto pequeño, perdido en la inmensidad de la Sierra, invisible para los mapas apresurados y, quizá por eso, tan especial para el corazón. Llegué con la intención de contar, pero me fui entendiendo que hay experiencias que se escriben solas: con el olor a leña impregnado en la ropa, con los pies fríos por el río y con un cielo que, por fin, me enseñó lo que significaba mirar hacia arriba sin otra luz que la de las estrellas.
Salimos de Creel temprano, cuando la neblina todavía se enreda entre los pinos y el aire lleva esa mezcla de resina, humedad y polvo que te despeja la mente desde el primer respiro. En los primeros kilómetros, la carretera te da la falsa sensación de que dominas la ruta: asfalto, ritmo estable, curvas predecibles. Luego se entra a la sierra real: terracería, piedras sueltas que obligan a bajar la velocidad.
Cuatro horas de camino nos separaban de Sehuérachi. Cuatro horas que no se miden en minutos, sino en cambios de luz: la mañana que crece, el sol que se filtra entre las montañas. Hay partes del camino donde los pinos se transforman en arbustos bajos, donde la tierra roja se levanta con cada paso como si quisiera contar algo, donde los pajaritos aparecen de repente y se van igual de rápido, dejando una sensación de estar en medio de la naturaleza más pura, que, al mirarla con calma, se siente como libertad.
La Sierra
La primera señal de que la sierra tiene sus propias leyes la encontramos al llegar al río. Lo conocíamos del mapa como un cruce sencillo; en la realidad estaba crecido, bravo, desbordado de esa fuerza que no negocia. El agua llevaba ramas, hojas, pequeños remolinos torcidos; la corriente golpeaba las piedras grandes y salpicaba con todo.
“Por aquí no pasa esta camioneta”, dijo alguien de nuestro grupo. Era la única forma de llegar. Tocó cambiar de vehículo, pasar mochilas y cajas de un lado a otro, subirnos con cuidado a otra camioneta más alta, con los bajos levantados. La sierra nos dio la primera lección sin alzar la voz: aquí no mandan tus planes; aquí aprendes a escuchar.
Entramos a la comunidad por un camino que parecía dibujado con cuidado: piedra, polvo, hierba baja. Las casas se asoman con sencillez, como si salieran del mismo color de la tierra. El viento trae el ruido del río —constante, íntimo— no se escucha nada más. Un silencio que se puede escuchar solo lejos de las multitudes, en las montañas.
Llegamos al anochecer. La luz se fue apagando: no de golpe, sino en un descenso suave que de pronto te deja en la oscuridad total. No hay hoteles, no hay habitaciones preparadas con sábanas blancas y lámparas en las mesas de noche. Aquí entre paredes de la casa de Anai, dormimos en el piso, con lo que había: colchonetas improvisadas, una cobija, la mochila como almohada. El suelo recordó a mi cuerpo que el descanso a veces es un acto simple, primario, esencial. Podría decir que me incomodó, pero estaría mintiendo: sentí una paz recia en esa austeridad. Era como si el lugar te despojara de lo que no necesitas para devolverte algo más elemental: estar.
Al cerrar los ojos, la conciencia de la desconexión fue un nudo suave en la garganta. No había señal. No había internet. En algunas casas la luz apenas es una chispa —una lámpara modesta, una vela, un foco que parpadea— y en muchas otras la noche es la noche verdadera. El silencio, lejos de ser vacío, se volvió una voz profunda: grillos, hojas que rozan la madera, pasos en el patio, el sonido del agua.
Vivimos tan apegados de lo digital que olvidar el teléfono puede sentirse como olvidar una parte del cuerpo. Allí, después de unas horas, el teléfono se volvió un objeto sin función. No había mensajes a los que responder, ni historias que subir, ni ese gesto mecánico de revisar si hay algo nuevo que requiera mi atención. La atención, de golpe, estaba toda aquí: los olores (leña, tierra, maíz), los colores (verdes espesos, el azul profundo de un cielo que todavía no ha sido contaminado por nada), y los sonidos con los que empieza el día: el agua que no deja de correr, un gallo que lejos canta sin saber de relojes, la olla que hierve.
Dos días de desconexión no son un castigo; son un permiso. Uno para andar más despacio, para ordenar pensamientos sin el ruido de otros, para escuchar el cuerpo cuando pide descanso y para reírse de la propia manía de control. A veces es importante detenerse para encontrar sentido a todo. “Lo esencial no hace ruido, solo se siente” aquí esa frase dejó de ser un lema bonito y se convirtió en realidad medible: piel de gallina ante el frío que baja del río, hambre verdadera al oler la tortilla que se infla en el comal, alivio físico al meter los pies en el agua limpia después de subir una montaña.
La noche
Salí sola al río. Quería pensar, o quizá quería no pensar nada. Caminé con cuidado: la tierra aún tibia, pequeñas piedras redondeadas por la corriente bajo las suelas, el aire con esa pureza que te limpia desde adentro. Me senté en una roca ancha, húmeda y dejé que el río llevara el hilo de mis pensamientos en su dirección. Arriba, el cielo se abrió como una herida luminosa: miles de estrellas, cercanas, exactas. No sé si alguna vez había visto tantas, ni tan claras. No había luna; las constelaciones se dibujaban solas, y algunas estrellas fugaces la rompían con líneas finas que apenas alcanzaba a seguir con los ojos.
Las luciérnagas en los campos, eran un espejo de ese cielo: pequeñas luces vivas que iban y venían, como haciendo coreografías secretas. El río —negro y plateado a la vez— reflejaba destellos, recortaba las sombras de los árboles, dibujaba perfiles de piedras. Me abracé las rodillas, me hice pequeña, quise que esa imagen se quedara conmigo.
Escribí en mi cuaderno para que no se me escapara el calor de la emoción: “En la comunidad de Anaí viví una de las noches más hermosas de mi vida. Sentada a la orilla de un río, bajo un cielo lleno de estrellas y rodeada de campos que brillaban con las luces de las luciérnagas.” Me quedé así un rato largo, hasta que la espalda pidió moverse y los mosquitos reclamaron su parte. Caminé de vuelta a la casa con cuidado, midiendo los pasos, latiendo aún con el ritmo del agua.
Al regresar a la casa tomé una foto de la leña que estaba a punto de apagarse: “Esta foto la tomé unos minutos antes de quedarme profundamente dormida. Quería conservar este momento como recuerdo de una noche en la que mi corazón se llenó de tanta paz y tanta gratitud por todas las experiencias vividas. Creo que esta noche me dormí con una sonrisa.”
El maíz
La mañana comenzó con olor a leña y maíz. La mamá de Anaí estaba ya en la cocina. Escuché el sonido de la tortilla cuando se infla, ese suspiro suave que es señal de que todo salió bien. Me invitaron a probar. No hay palabras que alcancen cuando algo es tan simple y tan perfecto. Las tortillas eran gruesas lo justo, con ese sabor dulce y profundo del maíz de la sierra; el frijol, espeso y cremoso; el chile, apenas picante. Y sabor del queso fresco de los campos menonitas que han llevado a la Sierra desde la ciudad.
Las tortillas más ricas que he probado en mi vida. Lo recuerdo tan bien. Había en esa mesa algo más que comida: un lenguaje. El maíz como columna vertebral; la leña como memoria; el acto de compartir como vínculo.
Pregunté, miré, aprendí en silencio. El aroma del humo se pegó a mi ropa y, por primera vez en mucho tiempo, lo quise ahí, como una marca de pertenencia. Mientras comíamos, la conversación fluyó hacia lo que se siembra, hacia las lluvias caprichosas, hacia las cosechas que a veces alcanzan y a veces no. En la sierra el tiempo no es una línea recta; es un ciclo. Otra lección anotada.
Ese mismo día, fuimos a visitar a los tíos de Anaí, una pareja de ancianos. Tienen setenta y seis años y cada mañana suben la montaña durante una hora para llegar a su trabajo; al atardecer la bajan de nuevo, con calma, midiendo los pasos. Vi sus manos: fuertes, venas delgadas que asoman como raíces. El tiempo deja huellas, sí, pero hay cuerpos que son como árboles: lejos de quebrarse, se afirman.
Les pregunté de dónde sacan la fuerza. La respuesta fue: “Lo que nos mantiene vivos es el maíz.” Me contaron del tempo de siembra, de cómo se abre la tierra, de las semillas guardadas, del rezo corto que a veces acompaña. Me contaron también de la lluvia que tarda, del sol que quema, de los caminos que no se simplifican con los años. Mientras hablaban, yo pensé que esa frase —lo que nos mantiene vivos es el maíz— tendría que estar escrita en algún lugar grande, porque no es una metáfora: es una exactitud.
Subimos con ellos un tramo, los invitamos a tomar un café en la casa de Anai. Me volteaba para ver si venían, “Tu avanza” dice Anai, – “les gusta llegar uno por uno” Los ancianos venían sin prisa, con esa sabiduría de quien sabe que la sierra se conquista a pasos cortos.
El refugio
Unas horas después visitamos al señor Albino. Vive en una cueva. Lo escribe cualquiera y suena a carencia; lo ves y entiendes que es otra cosa: una elección, una continuidad, una forma de estar en el mundo que no necesita adornos. En el mismo lugar él duerme, guarda las cosas, come. Una cueva que más parecía un lugar abierto bajo una piedra. Señor Albino no habla el español, la mama de Anai nos estaba traduciendo. “Tengo otra cueva, más arriba, ahí vivía con mi esposa, pero ella ya falleció y yo baje a esta piedra para estar más cerca a las casas de mis hijos”, – nos contaba señor Albino en rarámuri.
Su cueva no es el pasado; es una de las formas del presente. Donde otros levantarían paredes, él reconoce en la piedra un refugio. Pienso que a veces las palabras nos traicionan: decimos “vive en una cueva” y creemos haber dicho todo, cuando no hemos dicho nada. Estar ahí, comprender ese equilibrio, fue como quitarle capas de prejuicio a una cebolla hasta encontrar lo más simple: una casa.
En algún momento de la tarde, antes de que el sol se escondiera, decidí cruzar el río, descalza. Había que ir al otro lado. Me subí la falda que traía, una falda típica rarámuri que me presto Anai, busqué con la punta del pie la primera roca plana y me aventuré. Las piedras, redondas y perversas, juegan con el equilibrio; la corriente te empuja suave, pero constante; de pronto el agua sube hasta la mitad de la pantorrilla y el cuerpo se tensa. Luego cede. Y uno va: un pie, el otro, pausa; respiro, paso, pausa. El agua muerde de frío y, sin embargo, el cuerpo agradece. Anai con su mama avanzaban rápido, con la costumbre que tienen de cruzar este rio.
Al llegar al otro lado, me senté en la hierba y dejé que el sol me secara la piel. Miré mis pies, rojos, con pequeñas marcas de las piedras, y sentí una alegría primaria, de niña. Me recordó mi infancia. Viví.
Lo esencial
Anaí es promotora de la cultura rarámuri. Lo hace sin discursos falsos ni palabras pulidas: lo hace con la naturalidad de quien está protegiendo algo que es suyo. Me habló de su gente, de las fiestas, de los bailes, de los silencios que también son parte de la identidad rarámuri, de su familia, su abuela con la que creció en la Sierra.
Le pregunté qué pensaba de que vinimos con cámaras, preguntas. Sonrió y dijo algo que me acompañó todo el viaje: “Depende de cómo te sientes en mi tierra”. No se trata de entrar y tomar fotos; se trata de sentarse y escuchar. Anaí me enseñó a mirar más despacio, a preguntar menos y a agradecer más. Me presentó a los niños, a las mujeres que cosen, a los hombres que vuelven con la leña en la espalda. Me mostró el camino a la escuela, el patio donde los perros duermen a la sombra, la piedra grande donde las risas rebotan mejor.
El sol, en la sierra, no solo ilumina; organiza. A mediodía, los colores se afilan. El verde de los pinos se vuelve más oscuro; la tierra se vuelve más clara; el cielo se hace un azul imposible, profundo, casi espeso. Los olores cambian también: el humo de la mañana se diluye; la resina del pino se calienta y suelta notas dulces; el río, cuando el calor aprieta, huele a piedra limpia.
Metí la mano en el agua y la sentí más tibia en los bancos de arena, más fría en las corrientes profundas. Toqué la corteza de un árbol: rugosa, con pequeñas líneas que parecían escritura. Junté una piedra lisa, blanquita, con grietas grises; no la guardé. Quise que se quedara allí, en el lugar exacto donde la había encontrado, para que no olvidara el pacto de no llevarme más que lo que cabe en la memoria y en las palabras.
La tarde se fue desgranando en sombras. Desde una loma se veía el río como una cinta gris, las casas como puntos, los árboles como guardianes. Me detuve a escuchar. No había nada “espectacular” en el sentido que le hemos dado al turismo; no había miradores con barandas ni tiendas de recuerdos. Había, en cambio, una belleza que no solicita aplausos: la repetición del día, la continuidad de los gestos, la certeza de que mañana habrá que volver a empezar.
La segunda noche no quise caminar sola hasta el río. Me quedé en el patio, mirando el cielo desde allí, sintiendo el fresco que cae cuando la oscuridad se afirma. Las luciérnagas volvieron a encender sus puntos, como si alguien hubiera prendido un puñado de fósforos finísimos en cámara lenta. El humo del fogón dibujaba un hilo y traía con él el olor a caldo sencillo, a tortilla recién hecha que se resiste a enfriarse.
Escribí otra vez. No con la urgencia del primer asombro, sino con la serenidad de quien está asentando lo vivido: lo que vi, lo que olí, lo que probé, lo que escuché. También lo que me pasó por dentro: esa sensación extraña de que, al desconectar todo, algo esencial se conecta. Pensé en mis caminos anteriores, en las veces que viajas para “ver”, para “tener”, para “contar”, y entendí que aquí todo iba por otra ruta: viajar para estar, para escuchar, para aprender. “A veces es importante detenerse para encontrar sentido a todo. Lo esencial no hace ruido, solo se siente.” Copié la frase en la primera página de mi cuaderno y la subrayé.
Soy una niña nacida en el Bosque Siberiano, entre montañas altas y ríos de agua abundante. Hoy conociendo otros mundos entendí que las diferencias, vistas de cerca, se reconocen como variantes del mismo pulso humano.
Lo invisible
En algún momento de esa segunda mañana me pregunté qué derecho tenía yo a estar allí. Me miré como me miran los niños: con curiosidad, con un poco de desconfianza, con ganas de entender qué busco. No es un parque temático; es la casa de alguien. No es un “lugar secreto”; es un lugar que se sostiene gracias a la discreción. Decidí entonces —me lo repetí como un compromiso— que no mostraría más de lo que debía, que no convertiría los detalles en mercancía, que no usaría el asombro ajeno para inflar mi propia voz.
La responsabilidad de contar no puede estar separada del cuidado. Viajar con causa no es un eslogan; es una forma de relacionarte con lo que visitas: comprar lo que producen, preguntar cómo puedes ayudar, escuchar qué no debes hacer, cuál es la línea que no conviene cruzar. En la comunidad de Anai esa línea es clara: mirar con respeto, pedir permiso, aprender más de lo que opinas.
El segundo día terminó como empiezan los finales: con cosas pequeñas. Guardar la mochila, agradecer a la mamá de Anaí por la comida y por la paciencia, mirar otra vez al comal, hay objetos que son reliquias vivas. Antes de salir, me acerqué por última vez al río. Lo miré un rato largo. Las piedras, donde el agua las cubre apenas, tenían un brillo aceitoso que no es aceite: es el sol jugando. Arriba, el verde parecía más intenso que el día anterior. Tal vez era yo, que miraba distinto.
Caminamos hacia la camioneta. El camino de vuelta es el mismo y, sin embargo, es otro. Tal vez porque al ir vas ligero y al volver llevas lo invisible. Atravesamos otra vez el río en el vehículo alto, con el agua que salta a los lados como queriendo quedarse con nosotros; la comunidad se hizo pequeña en el retrovisor. La sierra, cuando te despide, no hace espectáculo: solo te deja ir.
Cuatro horas hacia la Ciudad de Chihuahua, donde me esperaba mi vuelo para volver a la Ciudad de México, se sintieron más cortas. No hay prisa, pero hay un orden: de vuelta a la ciudad, a la señal, a los mensajes, a las cosas que esperan. A mitad del camino, paramos. Abrí la puerta y el olor a pino me volvió a llenar el pecho. Saqué el cuaderno. Releí lo escrito la noche anterior, ese párrafo donde intenté fijar el cielo. Añadí una nota: “No olvidar que la noche tiene un sonido propio”.
Lo que queda
Queda el sabor del maíz en la boca incluso cuando ya no hay tortilla. Quedan los pies con memoria de piedras redondas. Queda el olor a leña en la ropa, y yo, que casi siempre busco deshacerme de los olores, esta vez quise que me durara un poco más. Queda el ritmo del río en la cabeza; cierro mis ojos todavía lo escucho. Quedan las manos de la mamá de Anaí, trabajando la masa; la risa de Anai; el gesto silencioso de saludo del señor Albino; la frase de los tíos —“lo que nos mantiene vivos es el maíz”, — algo marcado.
Queda también una idea que ya no podré soltar: hay lugares que te devuelven a la versión más simple y más honesta de ti misma. No sabría explicar por qué, pero lo sé. Sehuérachi es uno de esos lugares. Tal vez porque obliga al cuerpo a estar presente —a sentir frío, hambre, cansancio, alivio— y al corazón a ordenar prioridades. Tal vez porque la noche allí es noche, y al mirar el cielo no ves techos ni cables ni ventanas encendidas: ves lo mismo que vieron otros antes y que verán otros después.
Me alejo, sí. Pero hay viajes que se quedan puestos como una segunda piel. Yo ya no puedo quitarme el olor a leña del corazón.
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